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LIBER FRIDMAN

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Introducción a la obra de Liber Fridman

Presentación

por ERNESTO SÁBATO

En "ABADDON EL EXTERMINADOR" digo algunas palabras que siguen teniendo actualidad, hoy más que nunca. El arte, con dramáticas excepciones, se ha convertido en un arte de élite en el peor sentido, en una especie de irónico rococó semejante al que dominaba los salones franceses del siglo XVIII. Es decir, lejos de ser un arte de vanguardia es uno de retaguardia. Y, como siempre sucede en esas condiciones, un arte menor: sirve para divertir, para pasar el rato, entre guiñadas entre los que están en la cosa. En aquellos salones se reunían señores y señoras hartos de la vida, para chismorrear y tomarlo todo en broma. Se elaboraban acrósticos ingeniosos, epigramas y juegos de palabras, parodias de la ENEIDA, se proponían temas y había que hacer versos sobre eso. Una vez se hicieron 27 sonetos sobre la (hipotética) muerte de un loro.

Una actividad que es al gran arte como los fuegos artificiales al incendio de un orfelinato. Musique de table , nada que perturbara la digestión. La gravedad era ridiculizada, el ingenio suplantaba al genio, que siempre es de mal gusto. Mientras la pobre gente se moría de hambre o era torturada en las mazmorras, un arte de esa naturaleza sólo puede ser considerado como una perversidad del espíritu y putrefacta decadencia. Hay que decir, en defensa de aquella raza, sin embargo, que no se consideraban paladines de la revolución que se venía. Hasta en eso tenían buen gusto, lo que no puede decirse de los que hoy se dicen revolucionarios. Aquí, en Buenos Aires, hace algunos treinta años, recibieron con alborozo el proyecto de una novela que podía leerse de adelante para atrás o de atrás para adelante. Como aquellos marqueses. En una bienal de Venecia alguien expuso un mongoloide en una tarima. Cuando se llega a esos extremos, se comprende que nuestra entera civilización se derrumba.

Liber Fridman, del que nadie o casi nadie se ocupó cuando hizo una muestra, a sus 84 años de haber recorrido las arcaicas culturas de América Latina, incluyendo el Amazonas, un hombre que además hizo grandes restauraciones en pinturas de sus templos, uno de los seres más buenos y generosos que he tenido la suerte de conocer, es, sin duda, un pintor que pasará a la historia de nuestro continente artístico.

Santos Lugares, mayo de 1995


Liber Fridman, Custodio de lo primordial.

por RAFAEL SQUIRRU

Este breve ensayo omitirá los aspectos biográficos del artista Liber Fridman, magistralmente captados por la joven limeña Pilar Vigil Cartagena, formada en Barcelona, que en verdad incursiona además con singular acierto en la obra del maestro.

Según yo lo entiendo, el principal desafío para un crítico de arte es ubicar el estilo del creador, de tal modo que resulte útil para que el lector se aproxime a su obra desde un ángulo diferente al de su arte mismo. Bien entendido que se trata de una tarea que habrá de justificarse en la medida en que la obra provoque el entusiasmo del escritor.

Tal condición se cumple a cabalidad en lo que a mí respecta en el caso de la obra de Fridman, lo que dicho en otras palabras, me anima a dar el primer paso (esperemos que sea el derecho).

El caso Fridman se complica por un lado y al mismo tiempo podríamos decir que se simplifica por otro. Nunca olvidemos la frase de Buffon: "El estilo es el hombre mismo".

Fridman ha sido un andariego impenitente, recorredor de América y Europa, desde las primeras andanzas con una carreta de títeres, dividiendo además su tiempo de inquieto pintor con el de un estudioso del pasado histórico de los pueblos que recorrió, desde nuestra Santa Fe, pasando por el Paraguay y las misiones guaraníticas y siguiendo por el Brasil y su barroco, hasta su selva amazónica.

Conoció también la América del Norte y Europa, así como Caracas y el interior de Venezuela, para recalar finalmente en el Perú, instalándose en la ciudad de Lima y transformándose en auténtico indagador del pasado precolombino de cuya incomparable riqueza derivó hondas experiencias y enseñanzas.

A partir de la década del 60 lo acompaña su mujer, Mirna Meluso, una pampeana de rara belleza que comparte paso a paso sus inquietudes.

Si además agregamos que concomitantemente a su labor creadora, Liber se transformó a lo largo de los años en capacísimo restaurador, tendremos una base a partir de la cual formarnos una idea de esta rara avis, que en su trayectoria nos dejaría una maravillosa serie de aves aún más raras, surgidas de su propia inspiración.

Pero el apunte que acabo de trazar estaría, en mi estimación, respecto del famoso estilo, carente de la pincelada decisiva: los orígenes judíos rusos de Fridman. Su padre había sido panadero en la época de los zares y recaló en la Argentina a comienzos de siglo con el bagaje de su simbólico oficio y de sus ideas anarquistas que dieron con él en la cárcel para el mismo día en que nació Liber en Buenos Aires en 1910. La madre Amalia Schlafman fue para el niño y el hombre esa estrella que guía nuestros mejores pasos.

Conviene también recordar que Liber cursó estudios académicos de bellas artes, bajo la guía del Director Ernesto de la Cárcova y maestros de la talla de Pío Collivadino.

Tenemos así con algunas pinceladas de brocha gorda, esa personalidad trazada, a partir de la cual, nos toca hacer referencia a su ya sorprendente y magnífica obra. Sin desmerecer las etapas que lo condujeron hasta el Perú, estamos hablando entonces de un hombre de 50 años, lo cierto es que todo lo previo se traduce en algo así como una preparación para llegar a su propio, original e irrepetible estilo.

No despreciamos ninguno de los detalles anotados en la formación del artista y su producción, pero necesariamente habré de escoger aquellos que para mí son los más importantes y que puedo resumir en tres aspectos fundamentales: sus orígenes, el Perú y su oficio.

Orígenes

El caso de Liber me recuerda y mucho al de Marc Chagall. En cierta oportunidad se entabló una discusión sobre aquel aspecto con el que había contraído su mayor deuda, si Rusia o Francia. Cortando por lo sano alguien afirmó:

"Chagall es un pintor esencialmente judío."

Creo que de Liber puede afirmarse algo parecido, aún cuando, como Chagall, no haya mantenido una relación estrecha y exclusivista con su religión y el ambiente de su comunidad.

El Perú

Es verdad que el grado de simbiosis que se produce entre Liber y el arte peruano precolombino, nos lleva a identificarlo dentro de esa tradición, pero no conocemos ningún artista de nuestra vasta región que haya plasmado sus imágenes de parecido modo al de Liber. No se trata tanto, a mi entender, de marcar la dirección hacia donde dirige su mirada, sino captar el desde donde se produce su visión.

Aquí justo es marcar que lo que fueran para Chagall memorias de su niñez, en Liber son las leyendas del Perú antiguo, pero marcadas más allá de su propia conciencia por esa riquísima tradición que le fuera legada por su propia familia. No olvidemos que ambas tradiciones son milenarias y que Don Israel Fridman, el padre de Liber, ejemplificó con la rectitud de su vida, sus propios valores ancestrales.

Fue un escritor francés quien dijo: "Lo importante del estilo no es el grado de parentesco que guarda con otros, sino que sea inimitable."

La técnica

Liber cumple a cabalidad con este requisito y esto nos lleva a la técnica, al oficio con que plasma sus imágenes.

Liber no practica un americanismo exterior. En su grado de identificación con las implicancias de aquellas viejas culturas él mismo se ha transformado en una suerte de voz milenaria que nos habla desde esos mismos instrumentos visuales. Sería peligrosísimo pretender imitarlo en esto. Liber es casi un medium que amasija en su propia interioridad este doble mensaje, propio y por propio, judío y americano, desde las fuerzas telúricas del continente. Se trata en verdad de un caso único y según creo irrepetible. Si bien fue el antiguo Perú el detonante de este estallido vital, entra a partir de la conciencia y de la subconciencia de Liber, todo su peregrinar por América, toda su vocación de descubrir y actualizar un pasado que para él y a partir de su obra, para nosotros sigue vivo.

Esta indagación en lo profundo lo ha conducido a trabajar con técnicas endiabladamente complejas que se nutren a su modo de idénticas preocupaciones. La encáustica donde con los pigmentos de color, algunos hallados en las mismas tumbas, amasa cera y resinas con instrumentos que transmiten el calor fijando los colores de modo indeleble y definitivo.

Si hay un pintor que es casi imposible de falsificar éste es Liber Fridman. Si a esto agregamos que los retazos de telas y gasas con las cuales trabaja son además auténticas reliquias estéticas de aquel pasado remoto, veremos que estamos en presencia de un caso prácticamente irrepetible.

El espíritu

Falta responder a una última pregunta, sobre la que de algún modo hemos ya avanzado: ¿Cuál es el espíritu de todo esto?

Y al invocar al espíritu estamos ya hablando de esa otra dimensión que separa el arte que habita el eterno presente, de aquél que es efímero. Y aquí aparece el Liber profeta, aquel que marcha al frente de la verdad (profetes). Es paradójico que tanto amor por el pasado se traduzca en anuncio de porvenir. Es que al insuflar a la materia inerte, la alquimia de su propia alma, Liber rescata las criaturas del tiempo efímero para transformarlas en símbolos vivos de la eternidad. Esto sólo puede lograrse a partir de la intensidad del sentimiento que el artista volcó en sus creaciones. Si para crear y leer los símbolos vivientes hace falta la penetración necesaria, ella sólo puede alcanzarse a partir del corazón que desborda su calor, su comprensión, su ternura.

Nada de ésto hubiera sido posible sin un gran carácter. Como su padre amasijó el pan que es símbolo de vida, así Liber amasijó sus pigmentos y resinas para transfigurar esa vida en aquello que no muere.

Cual aquellos grandes profetas que lo precedieron, ni en el poderoso viento, ni en el terremoto, ni en el incendio le fue revelada la voz que interroga y que a la vez responde; esta vez la voz susurró en el apacible páramo peruano.

Desde allí llegan sus imágenes de amautas, ñustas, peces y pájaros, sus árboles de la vida plantados desde este lejano gajo, frutos resultantes de su propia tradición primordial, que nos entronca a todos con aquel primer Adán.

 

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